
BLANCA VARELA
Puerto Supe
bajo el cielo tan alto,
cielo como ninguno, cielo, sombra veloz,
nubes de espanto, oscuro torbellino de alas,
azules casas en el horizonte.
Junto a la gran morada sin ventanas,
junto a las vacas ciegas,
junto al turbio licor y al pájaro carnívoro.
¡Oh, mar de todos los días,
mar montaña,
boca lluviosa de la costa fría!
Allí destruyo con brillantes piedras
la casa de mis padres,
allí destruyo la jaula de las aves pequeñas,
destapo las botellas y un humo negro escapa
y tiñe tiernamente el aire y sus jardines.
Están mis horas junto al río seco,
entre el polvo y sus hojas palpitantes,
en los ojos ardientes de esta tierra
adonde lanza el mar su blanco dardo.
Una sola estación, un mismo tiempo
de chorreantes dedos y aliento de pescado.
Toda una larga noche entre la arena.
Amo la costa, ese espejo muerto
en donde el aire gira como loco,
esa ola de fuego que arrasa corredores,
círculos de sombra y cristales perfectos.
Aquí en la costa escalo un negro pozo,
voy de la noche hacia la noche honda,
voy hacia el viento que recorre ciego
pupilas luminosas y vacías,
o habito el interior de un fruto muerto,
esa asfixiante seda; ese pesado espacio
poblado de agua y pálidas corolas.
En esta costa soy el que despierta
entre el follaje de alas pardas,
el que ocupa esa rama vacía,
el que no quiere ver la noche.
Aquí en la costa tengo raíces,
manos imperfectas,
un lecho ardiente en donde lloro a solas.
Porto Supe
sob céu tão alto,
céu como nenhum, céu, sombra veloz,
nuvens de espanto, escuro torvelinho de asas,
casas azuis no horizonte.
Junto à grande morada sem janelas,
junto às vacas cegas,
junto ao turvo licor e ao pássaro carnívoro.
Oh, mar de todos os dias,
mar montanha,
boca chuvosa desta costa fria!
Ali destruo com brilhantes pedras
a casa de meus pais,
ali destruo a gaiola das aves pequenas,
destapo as garrafas e uma fumaça negra escapa
e tinge ternamente o ar e seus jardins.
Moram minhas horas junto ao rio seco,
entre poeira e folhas palpitantes,
nos olhos ardentes desta terra
onde lança o mar seu branco dardo.
Uma única estação, um mesmo tempo
de escorregadios dedos e hálito de peixe.
Toda uma longa noite entre as areias.
Amo a costa, esse espelho morto
onde o ar gira como louco,
essa onda de fogo que arrasa corredores,
círculos de sombra e cristais perfeitos.
Aqui na costa escalo um negro poço,
vou da noite à noite mais profunda,
vou ao vento que percorre cego
pupilas luminosas e vazias,
ou habito o interior de um fruto morto,
essa asfixiante seda; esse pesado espaço
povoado de água e pálidas corolas.
Nesta costa sou o que desperta
entre a folhagem de asas pardas,
o que ocupa esse ramo vazio,
o que não quer mais ver a noite.
Aqui na costa tenho raízes,
mãos imperfeitas,
e um leito ardente onde choro a sós.










